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Internet abundan los blogs y publicaciones sobre minimalismo, no solo como un tipo de arte o moda, sino como estilo, forma, visión o lo que sea. Es decir, vivir con lo esencial en todos los aspectos: pocos muebles, pocos artilugios, pocas cosas, casi nulo almacenaje…

Existen distintos grados en eso del minimalismo. Algunos se acercan al concepto por moda, otros por experimentar algo diferente, y otros más por la sencilla razón de no tener suficientes recursos económicos para vivir con más pertenencias. Hay de todo.

Yo confieso que en el pasado practicaba el minimalismo de forma casi obligada: no tener propiedades ni bienes te lleva a una suerte de ir prescindiendo de todo aquello que no resulta absolutamente necesario. Después ya viene la renuncia voluntaria, incluso en la alimentación, en los viajes, hasta en las lecturas y el ocio en general. Te acostumbras a todo. No necesitas más que unas pocas cosas para vivir y lo demás es acumular y coleccionar. No estoy en contra de esas personas coleccionistas, o en aquellas que se rodean de numerosos objetos en la casa, o de los que tienen que estar siempre “haciendo algo”. Los respeto; pero no es mi camino.

Tampoco es nuevo esto del minimalismo. En las tradiciones religiosas siempre existieron personas que vivieron -y viven- con lo justo, incluso con menos. Así que no estamos ante un fenómeno nuevo.

Francisco de Asís decía, en frase que trato de aplicarme aquello de “Yo necesito pocas cosas y las pocas que necesito, las necesito poco”. Qué mejor ejemplo de minimalismo.

También la mente acumula y colecciona sucesos pasados, pensamientos, ideas. Tratar de eliminarlos es tarea imposible, o casi. Por tanto, si deseamos vivir cierto equilibrio mental tenemos que trascender todo aquello que nos perturba, molesta, inquieta. Y estar “ojo avizor” de los llamados “ladrones del tiempo”, sean entretenimientos, personas, ocio fatuo, información, lecturas vanas, viajes absurdos, … todo eso nos descentra y aboca a estados ansiosos.

El truco es ser gestores de nuestra propia vida, llevar el timón, poner freno a aquello que nos despista, y así un largo etcétera. Con meditación se consigue, dicen algunos. Está bien. Existen diferentes estilos de meditación. Y de contemplación. Para mí pueden ser sinónimos en determinadas ocasiones. Pero la contemplación suele llevar aparejada el intento de acercamiento a la Divinidad -para quienes somos creyentes-.

Luego están los que viven con “estilo minimalista” gastándose un dineral en ello: pisos bien acondicionados, muebles de diseño, jardines casi perfectos, viajes a “lugares mágicos”, alimentación equilibrada cuidando al máximo la calidad de los productos que se consumen, … armonía comprada, en definitiva. Para mí eso no es más que consumo envuelto con la etiqueta del buen rollo tipo “nueva era”, de lo sano y todo eso.

En cualquier caso, prescindir de lo accesorio es un buen paso en la dirección de un vivir armónico y respetuoso con la naturaleza. Hay otros pasos, claro; pero es un camino que cada cual recorre -si le apetece- a su manera.

Mi minimalismo es crónico y patético. Sin pretenderlo, me han encasillado así en más de una ocasión. ¿Y si tuvieras dinero que harías?, me preguntan a veces. Pues ¿qué voy a hacer? Nada. Seguir como hasta ahora y repartir lo que me sobra. Cuestión difícil para mí tener dinero. En definitiva y como decía Antonio Machado en su magistral poema titulado ´Retrato`: …“me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar.”

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Contemplativo en acción | yelua@yahoo.co4m

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